Leí los cuatro primeros libros de Luis Antonio de Villena cuando formaban ya un solo volumen de obras (provisionalmente) completas, a pesar de que su autor tenía poco más de treinta años. Los títulos eran espléndidos, y se ordenaban en una especie de escala que, según ascendía en la belleza, esbozaba un alto proyecto vital: Sublime solarium, El viaje a Bizancio, Hymnica y Huir del invierno. Cuando hablo de los cuatro primeros libros me refiero sólo a los de poesía. Ya entonces Villena mostraba su vocación inequívoca de escritor total, en una fuga interminable cuyo destino, me sigue pareciendo, siempre es la poesía. No hace mucho escribió: “soy —por encima de todas mis escrituras— poeta”.
Todo aquello tenía aires de irrealidad para un adolescente —ahora
hablo de mí— que se disponía a ir a la universidad. No
me refiero sólo a la veloz aventura de Villena (a los diecinueve años
había publicado su primer libro de poesía, y a los veintiuno,
el primer ensayo). Es que se mostraba distinto a los demás poetas.
Hacía declaraciones sorprendentes, en las que resultaba difícil
distinguir la cultura erudita de la frivolidad. Decía que Sublime solarium
era un título tomado de una crónica latina medieval (sobre Abderramán
II, que, viéndose cercado sin remedio, decidió morir subiendo
a la terraza más alta). En un quiebro, Villena añadía
que Sublime solarium también podía ser una marca de bronceador,
y que así podía ser leído por quienes no comprendieran...
Claro que la frivolidad era fronteriza con la provocación, y ésta
con el dandysmo, del que Villena, en la estirpe de Wilde, hacía gala.
Y el dandysmo está a un paso de la alta cultura. Ahora sé que
la erudición es una forma de la sensualidad, y que, por tanto, aquellas
dos actitudes no eran contrarias. Lo cierto es que aquella poesía no
se parecía en nada a la que estudiábamos en clase. Sin embargo,
el poeta dominaba y superaba los códigos complicados que nos transmitían
los profesores. Ahí estaba lo desconcertante. Al mismo tiempo que en
los libros, el poeta aparecía en la televisión, en la radio,
en los periódicos y en las revistas (¿no apareció el
poeta junto a una semidesnuda Agatha Lys en la revista La luna de Madrid?).
Igual se le podía oír en Radio 2 que en Radio 3. Su voz —espectacular,
teatral, radiofónica— se intercalaba entre la música clásica
o entre la música alternativa. Alguna de ellas estaba escuchando yo,
cuando irrumpió para celebrar (tan magníficamente que no lo
he olvidado) una nueva traducción de la Eneida. Conciliaba dos adjetivos
que parecían incompatibles: literario y mediático. La historia
de la cultura constata que todo eso son síntomas de una época
(la posmodernidad), de una década (los ochenta) o de ese cruce de ambas
que en nuestra transición a la democracia vino a denominarse “movida”.
La historia de la literatura señala esa mezcla de la tradición
con la cultura pop como un rasgo de nuestros novísimos, en cuya nómina
ampliada se inscribe Villena en calidad de joven heterodoxo. En esa fusión
feliz de lo antiguo y lo rabiosamente nuevo precedieron a los novísimos
los poetas de Cántico, y antes los del 27 y las vanguardias y los modernistas...
Ya en el siglo I antes de Cristo los literatos más tradicionales llamaron
poetae novi a Catulo y a su grupo.
Villena, eso sí, convertía todo en contemporáneo. Era
un poeta con una temperatura diferente, capaz —por atenernos a lo concreto—
de dedicar un libro de este modo: “Para Ángela García
Arteaga, siempre / maravillosamente / contra el invierno”. Pensaba yo
en la destinataria como una de sus compañeras de facultad, una amiga
con la que compartía escapadas o sueños. Después supe
que era su madre, cosa que, curiosamente, no contradecía el perfil
general de mis suposiciones. Ese pequeño dato define muy bien a Villena.
Por un lado “siempre contra el invierno” es casi un emblema moral
que cifra su poesía y resume su vida. Por otro, pone ante los ojos
del lector avisado a una de las protagonistas de su escritura. Protagonista
intermitente, si pudiera decirse así, y creciente a medida que han
ido avanzando los años y los libros.
Se perfilaba Villena como un contemplativo. Ese adjetivo, redundante para
cualquier poeta auténtico, requería una precisión mayor:
rayando el vértigo, aparecía como un contemplador apasionado
de la belleza masculina, enamorado de los jóvenes apuestos, como lo
fueron aquel Estratón o aquel Catulo a los que él entonces traducía.
El homoerotismo literario singularizaba aún más al que ya era
singular. Con más motivo apelaba en ese aspecto a la inmensa tradición
antigua y a la minoritaria tradición moderna, invocando nombres que
no voy a repetir aquí, porque a veces este asunto resulta fatigoso.
Lo que cuenta es que también en esto conectaba Villena con la realidad
viva, éxito difícil que los buenos poetas, por muy apartados
que estén, consiguen fácilmente. Latía a la vez que su
tiempo, cuando no por delante (nunca hemos de olvidar que hablamos de España).
Generacionalmente, su mundo compartía espacios urbanos con los de la
siguiente promoción literaria, la que se denominó “de
la experiencia”: bares, discotecas, billares... Me queda la impresión,
quién sabe si errónea, de que Villena destacaba por su afición
a las piscinas y por una mayor presencia de los jardines dieciochescos —novísimo
al fin, y modernista—, y hasta de los campus universitarios.... A pesar
de tanta poesía urbana, hay en él un horacianismo constante,
que añora la naturaleza y la vida en el campo y en las pequeñas
ciudades. La línea general es una fuga mundi que pone su horizonte
en el oriente y en el sur, es decir, en los exotismos propios de un romántico
posmoderno, que vendría a ser la categoría provisional con la
que podríamos describir a nuestro poeta. En el tiempo, la nostalgia
es de cualquier pasado mejor —Grecia, Roma, en ocasiones la Edad Media,
el XVIII, el XIX—. Es bueno recordar que estudió filología
románica. Una vez le oí contar que pudo haber sido profesor.
Desgranó a continuación una diatriba contra la existencia que
él cree que llevan los profesores, pero no queda más remedio
que lamentar el excelente —culto, ingenioso, imprevisible— profesor
que ha perdido la universidad española. Quienes le han escuchado en
conferencias y lecturas lo saben. A fin de cuentas, una presentación
también debe contemplar lo que no es o lo que hubiera podido ser.
Se ha hablado mucho de la paganidad de Luis Antonio de Villena. Sus primeros
libros se acogían a una helenidad cultural que básicamente era
anterior al cristianismo. Entonces casi escribía como si fuera un griego
o un romano de los que ni siquiera imaginaron lo que se les venía encima.
En realidad, no eran paganos porque no sabían que lo eran. No se oponían
al cristianismo. Había algo paradisíaco, edénico o adánico
en esa ignorancia —ideal— de lo judío y de lo cristiano.
Por algo los griegos son los jóvenes de nuestra cultura. Años
después, la paganidad de Luis Antonio se vuelve efectiva. Consciente.
Es la del que conoce bien el otro orden moral, emplea incluso su lenguaje.
Es posterior al cristianismo. Protesta como un verdadero pagano: coexiste
con los cristianos, lucha contra ellos. No obstante, hay un orden moral severísimo,
que en algunos aspectos hereda la terminología cristiana. Hay pecado,
pero es distinto y hasta contrario del que pretende la ortodoxia. Los libros
en que cuaja esa heterodoxia son Asuntos de delirio, Celebración del
libertino y Las herejías privadas. Otros títulos siguen esa
vía: Poesía impura (para la completa) o Sonetos impuros (para
el último avance publicado). Anticatólico, más que anticristiano,
Villena se ha ido presentando como pagano, marginado, libertino, hereje, disidente,
impuro... Alternativo, diríamos para resumirlo. Sólo que esas
máscaras que tan rápidamente se intercambian vienen de una tradición
interminable. Con disfraces diferentes ha acudido a menudo al carnaval y a
la orgía dionisíaca. El Villena secreto, seducido por lo tenebroso
(perversiones, satanismo...), proyecta una sombra cada vez mayor. Gradualmente
se va acomodando a su nombre de infante exiliado y a su apellido de marqués
nigromante. En fin: prefiere lo lunar, él, que fue tan solar.
Por tanto, nada de simplificar a un gran poeta, que tiene, como mínimo,
un ritmo dual. Creo que se puede captar en el tiempo largo de esta antología.
El dandy individualista cuya voz indagaba en los placeres selectos ha ido
cediendo a una serie de perspectivas “sociales”. El ego ha cedido
su idioma a los otros: marginados, mendigos, putas, viejos... El esteta decadente
(que lo es) ha bajado de su torre para asumir un compromiso político
directo. No ya en la poesía, sino en la vida. Lo hemos visto leyendo
discursos en actos electorales de la izquierda que para él encarna
la alternativa al orden. Afortunadamente, la poesía permite los matices
infinitos de una voz extraordinariamente singular. Todo está conectado,
y más en la trayectoria de un poeta. Estoy pensando en aquello que
escribió Fernando Pessoa a propósito de Antonio Botto (con el
homoerotismo al fondo): “no se trata de una simple cuestión de
no haber nacido en el tiempo de Augusto”, porque el paganismo constituye
un “acto de honestidad”. Éste es el punto en el que debe
verse un asunto que se ha vuelto entre nosotros —los españoles
o la mitad de ellos— más tabú que, por ejemplo, la homosexualidad.
Me refiero a la propia España. O, por decirlo en términos antiguos,
a la relación del poeta con su patria. Luis Antonio la ha abordado
con decisión y sentimientos contrapuestos, en un poema de La muerte
únicamente, “Patria mía” que soprendió en
su momento a los lectores, aunque no debería hacerlo, porque era un
tema ya cernudiano: “contradictoria madre... Yo que tanto anhelo renegar
de ti / ... te deseo y te huyo / soy por ello, inconfundiblemente, marcadamente
/ privilegiadamente, Madre excelente y arisca / hijo tuyo.” Desde entonces
es uno de sus temas. Tanto, que su último libro, Las herejías
privadas lleva un subtítulo: Infancia y daño en un pequeño
país oscurecido. Puede haber lecturas freudianas (léanse antes
dos poemas de Hymnica: “Como en seno materno” y “El enigma
de Edipo”). Y las lecturas psicoanalíticas pueden superponerse
a las políticas, pero la valentía civil del poeta se ejerce
en el lenguaje, y ahí queda.
Quizá más que ningún otro poeta contemporáneo,
Luis Antonio ha cuidado los textos en prosa que acompañan a los textos
poéticos (los paratextos de los teóricos). Sus prólogos
y epílogos cambian constamente de nombre, y de pronto se llaman —ay—
liminar o postfacio, pero siempre participan de la poesía. La anticipan,
porque la capacidad de anticiparse es uno de los poderes de la belleza. En
La poesía impura se suceden, casi en páginas consecutivas, el
epílogo de La muerte únicamente y el prólogo de Como
a lugar extraño. En aquél dice: “La imperfección
es hiedra a lo perfecto”. En éste: “Pertenecemos al mundo,
y no somos de él, porque ni nos cumple ni nos sacia. El mundo, la vida,
es para nosotros un lugar extraño, porque existen imposibilidad y dolor,
y entonces el deseo, la perfección, el anhelo de belleza, quedan, casi
permanentemente, ajenos”. Varios años separan las fechas de estos
dos textos, que sin embargo muestran una armonía de largo alcance.
Dado que aquí no se representan, digamos que en esos prólogos
y epílogos también hay poesía, pero algo, quizá
el reposo, los vuelve más serenos que los poemas.
Es, como se ve, un poeta preocupado obsesivamente por iluminar su trayecto
y por fijar en el tiempo los momentos de su escritura. Hasta sus famosas antologías
—las colectivas— tienen, junto al interés crítico
o histórico, un lado biográfico. La primera, sabiamente bautizada
como Postnovisimos, incluía, bajo el nombre de Illán Paesa,
inéditos de Villena Sus dos últimos libros deben verse, casi
cinematográficamente como sendos flash backs. Uno en la historia. El
otro, en el relato. El flash back histórico es el libro Syrtes, publicado
en 2000 aunque escrito, según cuenta el poeta en su “Autorretrato
con 20 años”, en 1971, entre Sublime solarium y El viaje a Bizancio.
El joven Villena estudiaba chino, releía a Baudelaire, todavía
no había tenido experiencias sexuales y ya se sentía decepcionado
de la vida literaria. Un “viejo sabio”... “con 20 años
no poco petimetrescos”. Hasta ahí, pocas sorpresas para el lector
fiel, que sabe que aquel joven ya había publicado un libro y había
sido incluido en aquella antología de nombre memorable: Espejo del
amor y de la muerte. La sorpresa viene ante un Villena desconocido, perdido
para siempre, que guarda su libro en un cajón porque se ha quedado
sin editor y no sabe ni quiere buscar otro. En cambio, cuando saca el libro
del cajón, lo da en una editorial nueva que lo sitúa, como si
no hubieran pasado tres décadas, junto a la poesía joven y alternativa
del milenio que empieza.
El flash back narrativo se remonta más en el tiempo: Las herejías
privadas, libro de 2001, viene a relatar la niñez del poeta. Cubre,
pues, el tiempo anterior a todo lo que hemos visto hasta ahora. La infancia,
casi ausente de su poesía, se erige en obsesión central. “El
que habla”, declara “es un niño adulto”, que da la
mano al adulto niño que ahora es, para ahondar en lo borrado: “aceleré
tanto los caballos lujosos de mi vida / que pude haber llegado más
allá del olvido”. Reinventa su mundo, despojándolo de
máscaras. Barrio pobre, pueblo, malos olores, orinales bajo la cama...
Desliteraturizándose, se literaturiza más. Las citas de los
poetas están reforzadas por otra de Sigmund Freud. No exagero si digo
que el libro fue un acontecimiento en esa aldea local en que se ha convertido
la literatura española. En el “Epílogo” del “Final”
(Villena no dejaba de ser Villena) se anhelaba, por una vez, el término
medio: “alguna vez lo ascendiste todo en exceso / (Y es bueno que muchas
cosas sigan siempre elevadas) / Ahora no debieras, con similar error, bajarlo
todo en demasía”. El conjunto de la poesía de Luis Antonio
de Villena, ya se ve, traza una original autobiografía literaria. Unitaria
y constante (¿no están algunos poetas, y no precisamente los
peores, escribiendo siempre el mismo poema?). Nunca monótona. Sus capítulos
han sido hasta ahora radicalmente distintos, un mismo código genético
en mutación continua. El próximo capítulo: Sonetos impuros,
un libro del que sólo tenemos un anticipo, y parece retomar el camino
elevado.
El hilo autobiográfico no sólo conecta los libros de poesía.
También tiende puentes con las otras escrituras de Villena. La sola
lista de sus traducciones o de sus ensayos bastaría como prueba: Catulo,
Estratón, Cavafis, Byron, Wilde, el dandysmo, la contracultura, la
estética disidente... La novela Ante el espejo dibujó una ficción
que retorna como realidad en Las herejías privadas: “sueño
mis lágrimas infantiles de aquel / verano de 1961, entre los cachorros
naturales / de la Organización Juvenil Española”. También
la poesía, aunque esto no se suele tener en cuenta, es el camino más
corto entre el Villena mediático y el real. Ahora está prudentemente
retirado de las televisiones, pero hubo un tiempo en que, como él mismo
cuenta, era para los niños un personaje televisivo. ¿Cómo
lo identificaban? Por sus gafas de llamativos colores. ¿Frivolidad
otra vez? No. Otro poema de Las herejías privadas nos cuenta cómo
una maestra joven le quitó “unas gafitas de sol de plástico
verde, / de las que tengo un maravilloso recuerdo / porque yo apuntaba ya
extravagante y coqueto”. El “sucio miedo” a los inquisidores
empieza en la infancia y en los detalles más inocentes. Venganza o
curación, la poesía ha ido entregando las claves de una vida.
Estas páginas pueden ser leídas de modos contrarios. Como triunfo
de la vida o como crónica de un fracaso. Éste (el fracaso) es
una de las categorías villenianas que suelen quedar eclipsadas por
otras más deslumbrantes. Suena raro en un escritor que lleva probando
el éxito durante décadas, pero quienes quieran profundizar en
ello pueden acudir a su Biografía del fracaso, una suerte de autorretrato
elíptico y múltiple. Crónica de un fracaso, sí.
Eros y Tánatos libran en esta poesía un combate cuyo resultado
sabemos de antemano, porque es un combate a muerte. En el individuo no queda
otro remedio que asumir la derrota (“¡A qué extraña
tensión vivimos sometidos, a qué continuo / y pertinaz desgaste,
a qué lenta mutación poderosísima!”). En la especie,
en la danza bulliciosa de las especies, el resultado de momento es distinto,
y quién sabe si lo será para siempre, porque nada ni nadie puede
con la vida: “todo dios es una exacta sucesión de muchos dioses”.
La ausencia arrasadora del amor en la escritura de Villena nos pone siempre
en un borde arriesgado. No hay en él la certidumbre prodigiosa con
que Quevedo se sobrepone a la muerte. Aquí (hablo del panorama, no
del detalle) falta lo único que la vence: el amor. A cambio, puesto
que la naturaleza aborrece el vacío, hay sobredosis de eros. Sobredosis
de cuerpos, de cultura y de vida. Suelen decirnos que el término griego
Eros debe traducirse por el latino Amor, pero no es cierto. Era El Deseo,
como la productora de Almodóvar.
Carente —mejor dicho: libre— de asideros metafísicos, ni
siquiera el Villena platónico de los inicios va más allá
de una trascendencia puramente literaria, aunque eso no sea poco en los tiempos
que corren. Platón es para él otro poeta al que recurrir en
los momentos de angustia. Crónica también del desamparo, toda
esta poesía. Los cuatro primeros libros forman un extenso momento feliz,
o así me lo parece cuando los veo agrupados en aquel volumen, radiante
y compacto, como son los momentos felices. La inflexión llega casi
como un escándalo con La muerte únicamente. La rotundidad verbal
se multiplica en sus consecuencias literarias. A la sombra del manierismo
se sitúa ese libro meditativo y amargo. De ahí parten los laberintos
que ya hemos recorrido. Por lo demás, no hay nada nuevo o que no estuviera
anunciado in nuce. “Siempre reconozco a los desamparados”, recordará
en Celebración del libertino. Aunque el poeta y sus lectores fingieran
olvidarlo, el Sublime solarium con el que comenzó todo no era en realidad
un bronceador, sino el lugar al que subió para morir aquel rey derrotado.
Y, dirá en otro libro, “si todo va mal, si al final todo es duro,
/ como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno. Todo estaba previsto
desde el primer momento.
He presentado desordenadamente una escritura que en este libro trazará
de nuevo su propio orden. Volver a leerla toda junta ha sido como beber de
golpe una copa excesiva. Entre los regalos intangibles que ofrece la literatura
hay pocos que superen al de elegir una lista con los mejores poemas de un
autor al que hemos seguido durante años. Cuando empecé a estudiar
filología clásica, uno de mis compañeros —al que
quise mucho— me pidió aquel primer ejemplar de la poesía
de Luis Antonio de Villena. Me lo devolvió, con una pequeñas
marcas hechas a lápiz: asteriscos que a mí me parecieron estrellas,
para marcar sus poemas favoritos. Pasaron a ser los míos, y, veinte
años después, se encuentran entre los de esta antología.
Hay aquí poemas que sé de memoria y que me han demostrado la
eficacia del lenguaje sobre el mundo, eso que habitualmente llamamos poesía.
Los versos de Luis Antonio sirven para los viajes: “Y mientras, las
carreteras desenvuelven / las alfombras azules de la madrugada”. Para
el placer: “ ¿Oro tal vez? ¿Vehículos? ¿O
me convierto en Mago? / De verdad no sé qué haría falta,
pero cuando ayer / te volví a ver, (el cuerpo portentoso...)”.
Para inaugurar el futuro: “acariciándole, susurró al oído:
“Ya verás qué verano””. Y para aprender una
arte de vida: “Vivir sin hacer nada y cuidar lo que no importa”.
También para los ratos melancólicos, esos que fuera de la poesía
se denominan depresión: “la tristeza me llena la cabeza de plomo”,
dice en un poema que, por cierto, no he seleccionado. Por encima de todo es
el poeta que ha ejercido una estética disidente y ha levantado un mundo
distinto, donde la felicidad es posible. “La alegría del lenguaje,
es nuestro único señor”. Por todo lo que he dicho es el
poeta perfecto para pedir el amor verdadero: “Pido que fenezca este
imperfecto mundo. /Que las ideas cobren la apariencia de cuerpos. / Que la
luz sea tangible, pero que sea luz... / Nos pido a ti y a mí en la
misma materia...”. Su audacia y su fuerza siguen resultando, a día
de hoy, literalmente inauditas en nuestro idioma.
Juan Antonio González-Iglesias
Salamanca, octubre de 2003